En el huerto, sobre el campo sellado de verde y flores, yacía el árbol,
en lo alto el azúl implacable; la luz incandecente de un presente; momento.
Vaciladora, meneándose caprichosa: caer o no.
Ser alimento o un sueño en el aire, el tiempo que llega y lo que fué que no suelta.
Comienza a marchitarse de un lado, no sabe, más bien, sabe pero no quiere: caer.
A lo lejos, con el viento; viene Mae, sonrisa en boca, caminar tranquilo y constante,
canasta en mano y disposición para llenarla de la mejor fruta.
Se queja al mecerse en el aire, la pregunta: ¿cuándo es el momento? ¿es el aire que llama o el miedo que distrae?
Continua Mae, caminando hacía el huerto. Espontáneo el paso acelerado, inercia de las ganas, la sed, el hambre, el cielo a lo lejos, el calor; quebrantamiento del deseo. Desesperación, desaliento; confusión. De súbito nubes, ¿en qué momento el sentido quedo perdido? ¿cuando fue el cambio: optimismo por angustia?
Sigue pendiendo, sin cuenta de ello. El juego, el vaiven. La vacilación de la resistencia que se sabe y se olvida. Las manos de Mae sobre las hojas; sus manos van de un lado hacia otro sobre la que de un hilo.
El aire vuelve a mover sus cabellos, sus ropas. Mae de pie, con la desesperación, la angustía, el hambre, la sed y el llanto. Las nubes arriba. Es la fruta, es la sed, son las ganas, el verdor y las flores. No ha llegado hasta aquí por nada. El viento sigue, la brisa, el llanto. Paulatinamente se calma. Sigue con la mano moviendo de un lado a otro, como quien se mece para cojer altura y salir volando muy alto.
Entonces, sobre la canasta: otra . . . . . . . . . . . . . . Cae.