En un café, cerca de la Alameda se encontraban estas dos señoras.
Una de ellas resultaba amante de los tonos diáfanos, siempre con prendas de alta costura claras. Una mujer impecable, pero eso sí, tal refinamiento y pulcritud no tendrían por que ser ligadura directa a la frialdad o desprecio, al contrario, esta comadre era con la que yo más simpatizaba pues a pesar de su apariencia, resultaba ser una señora afable y cálida, siempre dispuesta a dar lo mejor de sí, siempre tratando de dar el mejor consejo, de hacerte ver la realidad desde una óptica positiva, !ah, pero cuidado! si en algún momento sobrepasabas el umbral, sin rencores o afán de molestar, tan pacífica como ella sola, dejaría que el mismo camino te diera tu lección. Su lema siempre ha sido: para que llorar de más si las flores tan sólo tomarán lo conveniente, mejor lo suficiente para así mantener el jardín bien humectado.
Su comadre era todo lo contrario a ella, y por todo lo contrario me refiero a la dualidad misma entre ellas dos, eran polos verdaderamente opuestos. A esta le gustaba la oscuridad, era una mujer ermitaña, prefería los días nublados, era una mujer pensativa, su semblante era una mezcla entre el trance y la presencia, al menos su mirada eso era lo que transmitía al momento de observarla detalladamente. Sus ropajes siempre eran opacos. Una mujer mítica a decir verdad, nunca podías saber sus pensamientos, siempre callada, ensimismada en soliloquios que desde fuera parecían interminables. Un universo dentro de ella que siempre llamaba la atención. No obstante, cuando las palabras salían de su boca, daba la impresión de que fuera a decir algo mortal, era una filósofa única, no brindaba alegría, ni siquiera sus consejos daban opción de tomar una cosa u otra, de actuar de tal o cual forma, tomar este o aquel camino, ella era tajante. Ella era el sino de la vida. Podría asegurar que aún hoy lo sigue siendo, creo que siempre lo será.
No entiendo como estas dos personas, tan diferentes desde la médula, podían ser tan entrañables amigas una de otra e ir caminando por las calles tan desenfadadas. Cuando se les veía juntas era el asombro total. Había quienes saludaban a lo claro y asustadizas apresuraban el paso para no ver a la otra, pensando que éste apresuramiento mal actuado haría pensar que tal vez por distracción no la habían visto y por tanto no le brindaban el saludo. Ella conocía su reputación, este tipo de insidentes le pasaban de largo, casi inexistentes en el recuento del día.
Yo hubiera querido conocerla desde mi optimismo, pero siempre me infundio cierto miedo. Antes podía saludarla sin ningún problema, igual que a la otra, pero desde un tiempo para acá ha crecido en mí un respeto que es como ella. No me atrevo a saludarla de otra forma que no sea así, con cierta distancia y haciendo visible que guardo su lugar. Tengo que ser sincera, a esta mujer ya la veo desde otro ángulo desde el accidente. Hubo un día, durante mi convalecencia, en que ambas han venido a visitarme, hace ya dos meses de esto.
Simplemente no lo podía creer, pero más que creer, me resultaba impresionante verlas ahí, cada una a mi lado. Mientras una me observaba profundamente la otra simplemente me sonreía, dándome a través de sus ojos la esperanza de una recuperación pronta. Ambas reflejaban en sus ojos una especie de bola de cristal en donde podía vislumbrar mi vida, dependiendo del camino que tomara era la secuencia de mis días, unos dificiles pero felices, otros difíciles y hasta ahí, inclusive llegue a ver mi ataúd. Escalofríos tremendos me dieron ese día, no pare de pensar en ello y poner en perspectiva mi vida. Me llego el insomnio, más pastillas, el despertar en la madrugada con el asalto de los pensamientos, los mismos sueños que de tan profundos me parecían realidad, hasta llegue a pensar que despertar era como empezar un sueño, un tremendo aletargamiento me invadía antes de percibir mi derredor como verdadero. Los dolores, la ansiedad y el pensamiento constante de yacer inerte en un cofre de madera por el resto de mis días, y más que resto, hasta que de mí no existiera materia alguna, me vinieron paulatinos provocando en mí un temor que llego a ponerme en estado de shock, simplemente no sabía para donde moverme. De ser así, llegué a pensar: "quiero que mis cenizas sirvan de alimento, junto con el aire, el sol y el agua, a mis horquídeas blancas. Quiero 'vivir' en sus raíces." Eso era lo que pensaba después de su mirada.
Un día me levante con el aturdimiento del sueño, no fue sino hasta en la tarde cuando recupere completamente mi conciencia. Me sentí llena de optimismo que decidida me propuse sacudir de mí todas estas ideas. Me cambie y fuí a caminar al jardín, le dí de comer a mis canarios, observé varias mariposas blancas cuando iba a regar mis horquídeas. De camino al lavadero me encontré con mi bicicleta - hace meses que no salgo en ella- pensé. Ajena al miedo y al mismo tiempo tan valiente dí un paseo en ella por el muelle. Pasé por el kiosko, observé a la gente que en él se encontraba, la alegría que rodeaba al pueblo, la cotidianidad sin resaca. Esa alegría ingenua de tener otro día para estar aquí, que importaba si fuera para hacer lo mismo, ya llegaría la oportunidad, el momento que por sí mismo se bifurcaría con otro, entonces abría una chispa en la rutina, otra forma de abordarla. Estas reflexiones se sucitaron mientras llegaba a la playa. Ya frente a ella, en medio del crepúsculo, me di cuenta que somos uno mismo. Que el sol, el mar, el mismo calor de aquella tarde no eran más que extensiones mías dimensionadas en otras latitudes. Entre estas reflexiones me llegó la noche. Tomé entonces mi bicicleta y partí.
En una de las calles donde di vuelta para llegar a mi casa me encontré con una pareja de novios, él tenia el mismo perfil de aquel verano entre sus brazos y asombrosamente ella el mío. Verlos me hizo darme cuenta de lo diferente que soy ahora. La ingenuidad de aquellos días se plasmó en su unión. Fueron un cuadro espontanéo y sin sospecha de mis días con Arj, aquél ruso de poesía activista que siempre trato de dar lo mejor sin saber cómo, qué decir de mí, una completa inexperta. Al dar vuelta en la siguiente calle, empecé a pensar que esta experiencia resultaba única, como si fuera un juego extraño de detectives donde en cada pared, cada mínimo detalle fuese una pista que lleva a la resolución del caso. Cada callejuela parecía la ilustración de mis experiencias, cada una de ellas encerraba secretamente una pista. Al dar la vuelta en la calle Einstein, la cual me provoca asombro pues en el pueblo es la única que hace referencia a la ciencia, pero no a cualquier otra, sino a la raíz misma de la energía. Minutos después de haber tomado ese camino ví a un pintor en su jardín, su caballete frente a él, al parecer estaba dándole los últimos detalles a su sirena, a pesar de ser noche su lámpara permitía ver la imagen exacta, era impresionante. Su espalda me recordo a Otto, él era del sur, su forma de percibirme llegó en un momento oportuno, pero yo andaba con el malestar de la ceguera. Después de tanta insistencia y de tanto corazón abierto se cansó, creo que hizo lo correcto al alimentar su orgullo, tanta confesión, tanta negación y miedo lo cansaron. Creo que su búsqueda ha parado, al parecer logro capturar lo que tanto añoraba.
Una mujer sentada leyendo a Beauvoir en uno de los bancos que están afuera del café Sevilla, fue la que me dejó más pensativa. Su concentración en el texto, su actitud entera. Llegué entonces a mi casa, con premura deje la bicicleta de lado y me fuí directamente a la biblioteca de mi padre. Antes de llegar al recinto me detuve sin aliento al ver que estaban las comadres en la sala de mi casa, una en mi banco preferido y la otra en la silla de madera. No supe qué hacer, hubiera preferido no verlas, pero estaban ahí y no podía desafanarme con un saludo superflúo, mi madre no tardaría ni segundos en darme la orden de saludar 'correctamente'. Fué entonces cuando tuve que ir a agradecer su apoyo, pero ¿qué apoyo podía yo agradecer a la comadre de vestidos oscuros si estando enferma ella me puso en una especie de coma, en donde no sabía de mí después de aquella mirada suya? Yo sé que mi recuperación ya estaba escrita, no obstante, esta revelación en sus ojos . . . . ya no quiero nombrar ese estado. Fui entonces a saludarla, como mamá me lo pedía. Por una extraña razón ella estaba distante, ya no la sentía tan dueña de mí como en aquel momento. Entonces fuí con la otra comadre, al momento de saludarle, ésta me rodeo con sus brazos blancos, me cobijo la cara con su mano derecha en una acción que era como una caricia que parecía tener una intención de consuelo. Son indescriptibles las sensaciones que su acción me produjo, sólo puedo explicar que de tanto llanto me sentí ligera, como si mi peso hubiese cambiado de repente, sabía que seguía siendo yo pero al mismo tiempo estaba dejando de ser.