Hay momentos en donde todo parece tan absurdo,
donde la ciudad se viste de lo mismo que ni los días
azules pueden convencerla de cambiar ropajes.
Hay momentos en donde siento que el cielo me cae encima
y no puedo soportar la idea, no el peso, no la angustia, no . . . nada.
Con tantas ganas de llorar busco un momento para poder soltar,
pero ni una gotita, aunque, en el momento menos pensado,
se viene el nubarrón; de gris, de miles y miles de gotas acumuladas
en el llanto.
Mi cuarto resulta un total caos estos últimos días,
siempre con el pensamiento de poner todo en su lugar,
los papeles de la universidad, la televisión con el cine dentro,
los poemas nunca envíados, mucho menos leídos,
las cartas de la distancia, mis dibujos de kinder, mi diario del secundario,
mi agenda de este 2009, con 25 años para noviembre.
Me cobijo en estas paredes blancas que forman mi cuarto,
cuando hay días nublados, de lluvia, los de sol, los de diario.
Mis cobijas tejidas, mi edredón de cuadros,
las flores aún sin desojar de mis sábanas,
la vestimenta completa de mi individual cuando tengo frío,
calor o sueño: las pesadillas, de los que no quiero despertar y
aquellos que parecen más realidad que charla con el inconsciente.
Cuando la remodelación por que alguien llego, se ha ido, ya no está,
cuando sigo, ahí, en mi cuarto.
Te extraño- decía- te extraño últimamente pero sin darme cuenta. Y es la contrariedad por que no es un extrañamiento de melancolía, es la pregunta a la acción, el asombro de ver los brazos cruzados aún cuando los ojos están bien abiertos y la consciencia viva. Me ves desde latitudes que son mías, que estan ahí, incomprendidas. - El soliloquio en la séptima casa se desdobla por sí mismo por que sabe que quiere salir - Sé que tengo que saltar, para llegar al otro lado, que en esta ocasión no necesito ver para dar el paso, hecharme ese clavado a la novedad, a la osadía, el descaro de mandar al miedo finalmente al pasado, escuchaste: FINALMENTE.
Los días de rutina, desde que sale el sol hasta que llega la noche.
Pero el hartazgo también se harta de sí mismo. Y la costumbre de
ver el horizonte con los mismos ojos es como aquel bronceado del verano
del 92, donde mi piel se caía en ligeras capas que ya empezaban a dejar de ser
yo desde el momento que me postré frente al sol.
donde la ciudad se viste de lo mismo que ni los días
azules pueden convencerla de cambiar ropajes.
Hay momentos en donde siento que el cielo me cae encima
y no puedo soportar la idea, no el peso, no la angustia, no . . . nada.
Con tantas ganas de llorar busco un momento para poder soltar,
pero ni una gotita, aunque, en el momento menos pensado,
se viene el nubarrón; de gris, de miles y miles de gotas acumuladas
en el llanto.
Mi cuarto resulta un total caos estos últimos días,
siempre con el pensamiento de poner todo en su lugar,
los papeles de la universidad, la televisión con el cine dentro,
los poemas nunca envíados, mucho menos leídos,
las cartas de la distancia, mis dibujos de kinder, mi diario del secundario,
mi agenda de este 2009, con 25 años para noviembre.
Me cobijo en estas paredes blancas que forman mi cuarto,
cuando hay días nublados, de lluvia, los de sol, los de diario.
Mis cobijas tejidas, mi edredón de cuadros,
las flores aún sin desojar de mis sábanas,
la vestimenta completa de mi individual cuando tengo frío,
calor o sueño: las pesadillas, de los que no quiero despertar y
aquellos que parecen más realidad que charla con el inconsciente.
Cuando la remodelación por que alguien llego, se ha ido, ya no está,
cuando sigo, ahí, en mi cuarto.
Te extraño- decía- te extraño últimamente pero sin darme cuenta. Y es la contrariedad por que no es un extrañamiento de melancolía, es la pregunta a la acción, el asombro de ver los brazos cruzados aún cuando los ojos están bien abiertos y la consciencia viva. Me ves desde latitudes que son mías, que estan ahí, incomprendidas. - El soliloquio en la séptima casa se desdobla por sí mismo por que sabe que quiere salir - Sé que tengo que saltar, para llegar al otro lado, que en esta ocasión no necesito ver para dar el paso, hecharme ese clavado a la novedad, a la osadía, el descaro de mandar al miedo finalmente al pasado, escuchaste: FINALMENTE.
Los días de rutina, desde que sale el sol hasta que llega la noche.
Pero el hartazgo también se harta de sí mismo. Y la costumbre de
ver el horizonte con los mismos ojos es como aquel bronceado del verano
del 92, donde mi piel se caía en ligeras capas que ya empezaban a dejar de ser
yo desde el momento que me postré frente al sol.