Recuerdo los árboles, verdes, tan diferentes, tan irregulares, todos envolviéndo materia que se llevo a la naturaleza. En el centro, entre la lluvia, se desvanece una protesta pero nadie se mueve, nadie cambia su rumbo por que el que se ha escogido está justamente ahí, bajo la lluvia, tal vez inmóviles, tal vez desprotegidos ante las inclemencias pero, ¿quién ha podido avanzar sobre un camino plano y derecho? Todo es esquivo y maltrecho en apariencia.Todos aguerridos y desconcertados, algunos tan claros que parece saliera el sol en el horizonte, llovizna ahora. Aún cuando el agua cae, hay lugares donde comienza a secarse el suelo. El viento sopla y las gotas vuelan en él como si fueran en armonía, cantando, bailando, unas se quedan sobre las hojas, se caen, se secan. Mientras las otras, sútilmente se desvanecen entre colores. Empieza la narración del testigo, el grito de angustia en sus ojos, una tristeza profunda, luz que se nubla ante todo lo que ha visto, lo recuerdo, alguna vez lo ví haciendo guardia en el palacio de justicia, con su machete en mano, su pañuelo sobre la cara, como ahora, como siempre. Lo escucho como aquella vez que estaba en silencio, y su voz continúa, enalteciéndo la lucha, defendiéndo la causa. Entonces cambia su tono, su desesperación ahora nos habla "¿cuántos más? Hemos estado aquí desde hace varios años, hemos perseguido y defendido el derecho a vivir aquí, como cualquier otro, como todos. Puede su voz ser singular, pero es eco que en cada uno de nosotros se repite. Ha dejado de llover completamente. Son sólo nubes en el cielo, los edificios grises, como ellas, guardan fervientememente lo que ha acontecido. No han sido las amenazas ni los golpes, no ha sido nada, no hay amenaza que no muera, ni justicia que no llegue. Por eso nos rodeamos de árboles.
*Helena Murez