4.15.2009

Madmoiselle Deon et Monsieur Mied

Fué gracias a esa charla que tuve con aquel amigo que no veía hace años, Manu, que logré observar su unión.

Anteriormente yo ya sabía de Monsieur Mied, lo veía regularmente caminando por mi casa, pensativo, con un aire de duda y perplejidad sobre su rostro; siempre a las mismas horas del día, justo antes del crepúsculo, muy cerca de Montparnasse. Era la pantomima del saludo por cortesía, que si bien no nos conociamos provocaba una especie de complicidad en la atmósfera que lo rodeaba.

Un día me lo encontré en la acera que va de mi casa al café Foullie, yo iba de prisa no recuerdo exactamente por qué razón, solo sé que ese instante cambio mi percepción de la realidad. Su precencia se convirtió en parte de mi vida de forma extraña. Después de esa charla con él, no recuerdo exactamente cual era el tema, solo sé que algo en mí cambio repentinamente.

Desde entonces era ver la cara de Monsier Mied a la hora de dormir, a la hora de estar con Pierre, al momento de tomar una decisión, antes de decir lo que siento, antes y después de cualquier acción. Esta situación comenzó a hartarme a tal grado que la olvidé sin darme cuenta; la costumbre puede llegar a convertirse en olvido. Madmoiselle Deon influyo en ello, ella tan correcta, tan centrada, tan escrupulosa en cada uno de sus movimientos, simpre tratando de hacer lo correcto. No entiendo cómo mamá la aguantaba, ni siquiera por que se convirtieron en amigas, si algunas ocasiones mamá resultaba ser todo lo contrario a ella, mas susceptible a aceptar los cambios. Yo era el tema preferido de la señorita con mi madre - ¿Ya viste con quién se junta tu hija? ¿la vas a dejar salir a ese lugar? !Cómo está creciendo Sofía, ya es toda una adulta! !cómo pasa el tiempo!- entre mis decisiones, los lugares a donde iba, lo que pensaba, lo que hacía y demás comentarios combinados se pasaban las tardes, empezando en la sala de mi casa y terminando en el jardín.


Harta de esta situación de escrutinio y duda y pensando en ello, milagrosamente estaban juntos. Fuí sin dudarlo hasta su mesa, me he sentado; tranquilamente empece mi réplica:

No señor Mied, no necesito poner en duda todo lo que hago para llegar a la verdad, tampoco dudar de la existencia de mis acciones y los resultados de las mismas. Confío más en el aprendizaje después de ellas que en esta posición tras bambalinas. Así es Madmoiselle, mi acciones son causa y efecto, son lo que son, si todos estuvieramos regidos por los chiclés, entonces, usted ya estaría casada y con hijos. Les agradecería su mirada la guiaran hacia otra parte.

Mi madre siguió platicando con la señorita, pero ahora de puntadas de tejido. El señor Mied aparecía de vez en cuando con un saludo más amable.