4.23.2009

Cuando las nubes se desparasitan caen invisibles gusanos del cielo.
Chiclosos, sabor mandarina caribeña.
Pocos alegran su vida, aquellos dispuestos a ver y sentir sin necesitad de ojos o tacto. Aparecen extraordinariamente en verano, son de frío,
se esconden entre la aurora boreal y las estrellas fugaces
cuando las nubes salen de viaje.
Son cálidos entes, su misión es derrotar a la nostalgia
.

Cuando el calor se desparasita, son gotas de fresca tristeza las que se evaporan
frente al sol,
en las calles del pueblo y la bohemia con una guitarra frente a la fogata.
Con el olor de sus besos y las caminatas a la orilla del mar, el verano
termina saneandose sin necesidad de llorar.

En agosto, mi bicicleta vuela conmigo entre los matorrales, antes de llegar
al plantío de trigo. Entonces, justo en la cima de ellos,
mi falda baila con el viento, imitando el idioma del río.

A lo lejos se percibe la llanura azul, el suspiro del mar llega con el viento.

Cuando mis ojos se desparasitan, entonces puedo ver que el mar no es solo agua,
que sus manos extremidades, y que mi existencia no es mañana.